Por Nancy Núñez:

Durante el mes de mayo, en varios países del mundo, se festeja El Día de la Madre. Nunca había hecho la observación de que dicha celebración se realiza justo durante el tiempo de primavera, el periodo en que la naturaleza nos regala sus mejores presentes tales como: hermosas flores, el reverdecer completo de la tierra, y el cantar de las pequeñas aves que recién aprenden a volar bajo la supervisión de sus progenitoras. Y es que, hasta en el reino animal, se aprende a ser madre por mero instinto. Increíblemente, una de las ocupaciones mas importantes del planeta se practica sin previa enseñanza. A pesar de los múltiples libros o teorías escritas sobre el tema, los hijos no vienen con manual incluido y la práctica siempre termina por imponerse por necesidad. 

Desde el primer día las dudas, la angustia y mil preguntas nos invaden al momento de sostener a nuestros pequeños en los brazos y alimentarlos por primera vez. Y casi nada cambia con el paso del tiempo. Un día gatean, caminan, corren, van a su primer día de clases o se gradúan de la universidad y seguimos preguntándonos lo mismo: ¿estamos guiando a nuestros retoños por el camino correcto?

Lo cierto es que el trabajo de una madre no termina nunca. Mientras tenga aliento para respirar, energía para moverse y memoria para recordar, lo más importante en la vida de tantas mujeres son sus hijos. Por grandes que estos sean, o lo ingratos que se porten, siempre seguirán siendo sus pequeños. 

Podría sonar medio trillada la frase que dice “una madre puede cuidar a muchos hijos, pero a veces muchos hijos no pueden cuidar a una madre”. En este caso, quizás ayudaría un poco el recordar que, en algún momento de nuestras vidas, esa mujer nos tuvo también que enseñar a sostener la cuchara, a lavarnos las manos, a asearnos y vestirnos. Que con mucha o poca paciencia y, aprendiendo sobre el camino, nos ayudó a crecer, nos alimentó y nos entregó muchos años de su vida para que, gracias a sus cuidados, hoy seamos las personas en las que nos hemos convertido. 

Creo que no existe la madre perfecta; la mayoría estamos llenas de deficiencias e imperfecciones, pero nunca nadie nos echará en cara que dejamos de actuar en pro del bienestar de nuestros pequeños, por grandes o testarudos que estos se vuelvan. Y así, a cada uno con personalidad única le entregamos el amor más sincero y puro hasta el último día de nuestra existencia. 

En este festejo del Día de la Madre, recuerda que la tuya hizo o hace su mejor papel y al tanteo. Que se volvió madre por instinto y que te amó desde el día que te tuvo en sus brazos. Si puedes, abrázala y llénala del amor más puro. Si la distancia se interpone, no olvides recordarle de una forma u otra tu amor por ella, porque tú eres su sentimiento más virtuoso.  Y si ya no está presente, regocíjate al pensar que en el lugar donde esté, sus bendiciones siempre están contigo.